EL INFIERNO ES UNA PUERTA CERRADA

 

 

 

 

 

 

 

San Martín Texmelucan, Puebla.- Los habitantes de San Cristóbal Tepetlaxco, lugar a dos kilómetros de la tragedia, saltaron de sus camas a causa del fuerte destello que se registró a las 5:30 a.m. El fogonazo se vislumbró en el horizonte, luego, todo fue una enorme cortina negra de humo que imposibilitó ver el epicentro de la catástrofe. De inmediato supieron del peligro que corrían ya que por San Cristóbal, también pasan las válvulas y ductos de PEMEX. De inmediato se comunicaron  a los teléfonos de emergencia de petróleos mexicanos,  para advertir del peligro, e intentar que la desgracia se extendiera hasta sus casas. En un principio, los que no entendían nada, pensaron que el incendio venía de  la petroquímica. Horas más tarde, se supo que el fuego, venía del corazón de San Martín Texmelucan, a 500 metros del mercado Domingo Arenas. El punto de ignición fue en la tubería del oleoducto ubicado en la avenida San Damián, (hoy zona cero)  la fuerza del  hidrocarburo, en segundos de desparramó y luego explotó ocasionando un incendio a lo largo y ancho de la calle. Desafortunadamente era fin de semana y había familias enteras durmiendo despreocupadamente. Esa madrugada, la llamarada pasó por encima de ellos, y en minutos los  envolvió en un grito de asfixia y mortandad, la mayoría de los fallecidos eran niños, y la mayoría también no se les pudo reconocer, se les encontró calcinados. Las fotos que circulan del estallido lo dicen todo. El líquido se introdujo al río Atoyac, mismo que se incendió, y cuya humareda se pudo ver en Cholula y Atlixco.

El ducto se reventó o lo reventaron, una de dos, y aunque todavía no se determina si fue ordeña, fuga, o mal mantenimiento,  los vecinos de San Damián aseguran que de las fugas, ordeñas  y del intenso olor ya se había avisado,  incluso, me dicen los vecinos, que en una ocasión el río ya se le había prendido, pero controlado. Pero ésta vez no fue una llamarada de petate,  ahora el incendio cobró una fuerza inaudita, las llamas llegaron a medir hasta 50 metros, según los vecinos de la colonias aledañas. El daño ecológico es  irreversible, y muchas comunidades a la redonda se han visto afectadas, no sólo en el perímetro de San Martín, la lluvia de fuego y el derrame del combustolio se extendió a más de 5 kilómetros, a lo largo del río Atoyac a donde fue a parar el corrosivo líquido. Me dicen que antes, hace unos 30 años, en ese río uno se podía bañar, y que lo que manaba era un agua cristalina; pero desde hace varios años es un río contaminado, que usan como desagüe. En Tepetitla, Tlaxcala, los campesinos reportaron a las autoridades  que el agua con que regaban, es ahora un agua infestada de agentes tóxicos, adquiridos desde el siniestro. Las preocupaciones no se detienen, al contario, cada día aparecen más daños colaterales.

Esa madrugada la señora María Hernández, sobreviviente del desastre, lo primero que escuchó fue una explosión, y como hay varios negocios en la avenida San Damián, ella pensó que podía ser un tanque de gas que había explotado, pero al asomarse por la ventana se dio cuenta que lo que había explotado, era su carro. De inmediato, me dice, se llenó de humo toda la casa; “como pudimos agarramos a los niños que todavía dormían y sin poder ver, porque el humo ya se había metido al primer piso de la casa. Mi hija Guadalupe y yo sabíamos que por el baño de atrás podíamos escapar, rompimos los cristales y nos aventamos como de un piso de alto a un terreno, muchos vecinos no encontraron forma de salir, y se ahogaron con la toxicidad del humo, yo me lastimé del brazo derecho al caer al piso”.  En total eran 17 los que esa noche dormían en el número 3 de la avenida San Damián en la colonia El Arenal. La reunión fue la celebración de una primera comunión de un nieto de una de sus hijas, había familia de Huamantla y de la ciudad de México, afortunadamente los 17 están vivos para contarlo. Otras familias también sobrevivieron, usaron sus sábanas en forma de lianas, por donde escaparon para ponerse a salvo. Gabriel el esposo de la señora María, sí lo alcanzaron las llamas, estuvo dos días en el hospital, y aunque no son quemaduras graves, son marcas de por vida, hoy ya está dado de alta. Muchos de sus vecinos, hoy desaparecidos no corrieron con la misma suerte, muchos de los que todavía están en el hospital agonizan y han sufrido amputaciones, por fortuna no se cuentan como muertos pero su estado es peor que si lo estuvieran. Tener el 40 % o el 60 % del cuerpo quemado, es como ser uno más de los fallecidos.

Para quienes lo vivieron dicen que las llamas lo abarcaban todo, el destello y la intensidad del calor de esa mañana, transformó el sitio en una parrilla gigante, el fuego lo derretía todo, en poco tiempo el lugar se volvió un polvorín. Todavía algunas casas, como testigas de la desgracia, permanecen de pie pero inservibles. Todo está acordonado, los militares cuidan  y no permiten ni el paso a los vecinos que exigen su  libre tránsito, se ven en la necesidad de bordear la zona afectada para llegar a sus domicilios. La señora María, todavía lleva la piyama, misma que usaba la noche del domingo 19.  Por ratos el ejército permite que sólo un familiar entre a rescatar  documentos que les ayuden a demostrar que son, o que fueron los dueños de lo que es hoy un puñado de ceniza. Lo primero es reunir los papeles que les piden en las juntas de trabajo, para la indemnización por parte de PEMEX,  les están exigiendo papeles y folios que por obvias razones no tienen, y que están perdidos para siempre. Ella era la dueña de la casa, pero es inútil, no quedó piedra sobre piedra. Lo que la señora María exige es que bajen los procesos burocráticos para acelerar el avalúo y luego el pago, porque se quedaron sin un peso, todo lo consumió el fuego. Sin dinero la señora María no puede ni trasladarse a Cuernavaca de donde es originaria por su acta de nacimiento, es decir, todo está detenido, el apoyo llegará, pero sin dinero las cosas serán más difíciles, casi imposibles, es tedioso, pero antes que nada tienen que levantar un acta de lo sucedido.

Los que presenciaron el incendio dicen que lo que corría en el río era como una lava incandescente que dejaba una peste que todavía queda en el aire, pero ese olor para ellos, ya no es algo trascendente, desde hace años que están  acostumbrados. Lo que la señora María sí sabía, y se supone que PEMEX también, era de las horribles emanaciones que a menudo salían del río, y de las tomas clandestinas que al parecer había, y de las fugas que se podían ver a simple vista. Ella me dice que lo de las fugas no es nada nuevo, y que si los ductos fueron picados, fue al parecer por manos experimentadas, quizá de ex –trabajadores; “ahora la moda es endilgarle todo al crimen organizado, aunque podría ser, pero San Martín es un lugar que antes no se sabía, ni  se hablaba de eso”, me dice la señora María. Desde que ella tiene uso de  razón, nadie de obras públicas le advirtió de las fatídicas consecuencias de habitar  cerca de los ductos, y ni que decir de los habitantes que hicieron sus casas a la orilla del río, a quienes también les tocó el fogonazo y que al parecer se vieron igual de afectados como los otros, pero que no preocupan tanto por su condición de marginalidad.

El camino del río es largo y llega hasta el tianguis de los martes, conocido como el tianguis del hoyo. Dicen, también que es el tianguis más grande de América Latina, y que por fortuna la tragedia fue en domingo y no en martes, ya que la catástrofe y las pérdidas humanas  hubieran sido mayores. Muchos se salvaron justo por el río, el combustolio desembocó ahí y fue lo que impidió que se pasara a otras casas. Otro de los damnificados prefería al silencio ante tal situación de crisis, las autoridades federales aconsejaban mejor no dar entrevistas. Guadalupe, la hija de la señora María no le quedan pelos en la lengua; “es que es para morirse de coraje, el seguro del coche no nos quiere pagar porque no hay evidencia, y es que el ejército, un día después levantó lo que quedaba de los coches que explotaron, cosa grave ya  que ahora, no podemos demostrar absolutamente nada y nos están pidiendo fotos, y otras evidencias que es imposible obtener, y en vez que nos faciliten nos complican más, no es posible que en estos casos, no puedan ser más sensibles con los afectados”.  Durante el día, los de la Comisión Federal sudan la gota gorda e intentan regresar la luz, por el suelo se pueden ver medidores arruinados, cables quemados, semáforos derretidos, letreros y espectaculares inservibles,  todavía huele como a cable quemado, el piso es viscoso, es fácil que las suelas de los zapatos se queden pegadas al piso, afuera de la zona cero todo es rumor, todos conocen a alguien que murió o que fue afectado.

Néstor Ramírez el dueño de una miscelánea ubicada a un costado del puente por donde pasó el río de fuego, me dice que nunca se había visto una desgracia de tal magnitud, que están vivos gracias al río que encausó el líquido y que no dejó que se siguiera a otras casas, a los costados del río todavía quedan los esqueletos chamuscados de los  árboles que tenían años de antigüedad. Para Néstor las cifras de la tragedia están muy por debajo de lo que realmente sucedió, para él, poco a poco va a ir subiendo el número de muertos que hoy mantiene el gobierno a un muy bajo perfil. El día martes es un día crucial, y más en épocas decembrinas, no es que se haya olvidado el evento, sino que hay que vivir de algo. Entre los puestos no cabe ni un alfiler, los tenderos y vendedores sólo hablan de las dimensiones de la  tragedia, al menos la actividad económica está de regreso, el domingo y lunes según me dicen estuvo desolado.

Hay un miedo que convive entre los lugareños, pero es un miedo que nadie puede mitigar, y que como en la mayor parte del país, se tiene que aprender a vivir con él, a sabiendas que en México, el infierno en todas sus manifestaciones,  es una puerta cerrada.

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